TODO SE APAGÓ

por | junio 1, 2019

Lectura de 3 min | 23 lecturas

Por las noches tengo la costumbre de salir al balcón de mi departamento y soñar fantásticas historias de fenómenos sobrenaturales que ocurren en mi ciudad mientras observo la majestuosa cordillera de Los Andes, oculta bajo el velo de la noche.  No todas las noches, pero si de vez en cuando, para aclarar la mente.


Sin embargo, una de esas noches la fantasía nocturna se transformó en sorprendente y aterradora realidad: algo estaba ocurriendo sobre la cordillera.

A eso de las 10:30 de la noche me asomé al balcón, como tantas otras veces lo había hecho y mientras me apoyaba sobre la estructura y dejaba volar mi imaginación, un resplandor sobre las montañas me trajo de regreso a la realidad.  Observe con mayor detenimiento y comencé a sentir al mismo tiempo una suave pero constante vibración, como la que se siente cuando comienza un temblor; apenas perceptible pero constante.


el fulgor sobre la cordillera, que en un principio era muy tenue comenzó a ganar luminosidad.  Su extensión era notable, tal vez unos 50 kilómetros, y muy similar a lo que se observa al acercarse a una ciudad que esta oculta a la vista.  La vibración iba en aumento también, y a juzgar por la creciente cantidad de personas asomándose a sus respectivos balcones y ventanas no era sólo yo el que estaba experimentando el fenómeno.

Lo que en un principio fue sorpresa y excitación dio paso a un temor solapado, pero creciente: claramente esto no era un fenómeno natural.  Mil teorías se cruzaban en mi mente, y el temor a lo desconocido comenzó a ganar terreno frente a la demoledora evidencia ante mis ojos. 

Mientras sopesaba la situación la luz se fue.  Es decir, todo se apagó, en todo lo que abarcaba mi campo de visión.  Y no solo eso, los teléfonos, televisores y todo lo que funcionaba con electricidad dejo de funcionar.

 Adiós a enterarse por las redes sociales de que estaba pasando.

La oscuridad multiplicó la ansiedad, pero al mismo tiempo esa oscuridad me permitió por primera vez observar claramente lo que estaba ocurriendo tras el horizonte montañoso: la fantasmal luminosidad estaba siendo eclipsada por algo que sólo puedo describir como negrura; eran literalmente decenas de kilómetros de vantablack surgiendo de las montañas, dando forma a una superestructura que se recortaba contra el cielo y que ocupaba una porción cada vez mas extensa del horizonte.

En menos de 15 minutos el cielo había desaparecido y en su lugar se alzaba un rectángulo de negrura impenetrable de unos 45 kilómetros de largo por 20 de ancho, que flotaba inmóvil sobre Santiago, el equivalente a la superficie completa de la región metropolitana.

7 años han pasado desde esa noche.

La sociedad colapso.  Sin electricidad ni comunicaciones nos convertimos en islas de metal y concreto que pronto sucumbieron a la naturaleza primal del ser humano, apenas contenida por un castillo de naipes que no tardo en desmoronarse.

7 años sin señas, sin asomo de contacto.

Hasta hoy.

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