OTROS TAMBIÉN PODRÁN

por | junio 1, 2019

Lectura de 3 min | 23 lecturas

Han pasado días desde la última vez que escucharon a alguien.  Las calles están desiertas y las ventanas de los edificios adyacentes se ven cubiertas o pintadas sin señal de actividad, lo cual parece lógico pues nadie quiere dar a conocer su posición; las catástrofes sacan lo peor de nosotros.

-Necesitamos comida, ya no queda nada- dice Alexandra en voz queda.  Jeremías sabe que tiene razón, pero al mismo tiempo no quiere aventurarse fuera del departamento.  Pero no queda nada, piensa y se arma de valor para salir; tenía que suceder en algún momento y su esposa e hija necesitan comer.

La angustia se ve reflejada en el rostro de Alexandra.  Agoniza frente a la idea de quedarse sola, de pedirle a Jeremías que se exponga, de no saber que va a pasar cuando se cierre la puerta, y sin embargo sabe que no durarán mucho más sin provisiones.  Sufre por Nadia, su pequeña hija, que no acaba de entender porque ya no puede salir a jugar con sus amigos; ellos ya no están ahí.

Es temprano por la mañana, y tal como en los últimos días, no se ve un alma en la calle, al menos desde la ventana de su departamento.  No se oye nada tampoco, es el momento.  Ahora o nunca.

Jeremías, tenso, abre la puerta y desea más que nunca haber aceitado las bisagras de la puerta; el sonido es agudo, chirriante y parece durar una eternidad; finalmente se abre la puerta lo suficiente como para salir.

A pesar de ser pleno día el pasillo está a oscuras.  Prende la linterna que usaba para ir de campamento -de esas con cintillo- da un paso y se devuelve para despedirse de su esposa y su hija; Jeremías y Alexandra cruzan una mirada en silencio y se abrazan, fuerte, intensamente.  No quieren soltar pero sabe que debe irse y lo entienden.

En silencio se encamina hacia la escalera, mientras Alexandra sigue el haz de luz que le antecede. Pronto la luz se desvanece mientras su esposo se desliza por las escaleras hacia abajo, en busca de un futuro para su familia.

Han pasado horas desde que Jeremías se fue y aún no hay señales de él.  A pesar del riesgo, Alexandra se ha aventurado al balcón para buscar a su esposo en la distancia, sin resultado.  Ya es casi de noche cuando le parece ver movimiento, a unos 50 metros del edificio.  No puede estar segura porque ya esta oscuro, pero la sensación de haber visto varias sombras moverse en la calle no la abandona.

Instintivamente se aleja de la ventana, de pronto dolorosamente consciente de que, si su esposo puede verla, otros también podrán.

Pasan alrededor de 20 minutos, y ahora ya está segura de haber visto algo ahí afuera.  El silencio es agobiante, la oscuridad ya es completa y la tensión es palpable; Alexandra casi contiene la respiración para no ser oída a través de la puerta.

Pero es inútil, ya es muy tarde.

Ellos ya están ahí.

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