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por | junio 1, 2019

Lectura de 2 min | 24 lecturas

Aún no estaba completamente dormido cuando el movimiento me hace abrir los ojos.  Un estremecimiento me recorre: este no es como los otros.

Miro a mi esposa, embarazada de 8 meses, que ya se estaba sentando en la cama.

toma a las niñas – me dice, al tiempo que empieza a buscar ropa y zapatos en medio de la oscuridad.

Me levanto, vestido a medias y me dirijo a la habitación de las chicas, que ya estaban despiertas y rápidamente comienzo a vestirles.

Está durando demasiado- pienso, mientras termino de ponerles lo esencial para movernos mientras veo a mi esposa pasar hacia el living.

Entonces todo empieza a caer.

Sucede muy rápido, pero parecen horas: libros caen al suelo junto con platos, muebles y todo lo que no esta anclado al suelo.  El ruido es atronador, cuesta caminar, mantenerse erguido, más aún con dos niñas asustadas. Yo estoy asustado.

Como podemos, instintivamente nos acercamos hacia la puerta para abrirla y no quedar atrapados en el interior del departamento.  Al abrirla, todo el horror del terremoto se extiende frente a nuestros ojos: mientras intentamos mantener el equilibrio bajo el dintel de la puerta vemos como se desprenden trozos del cielo raso, como caen y crujen puertas de departamentos adyacentes.

La luz se va.

Como nunca, contemplo en ese momento la posibilidad de la muerte, demasiado real, inexorable, frente a mi, dispuesta a llevarse a mi familia entre escombros y concreto.

Finalmente, el brutal vaivén comienza a extinguirse, el clamor de la tierra se desvanece en la noche y nos deja bajo el dintel de la puerta, abrazados unos con otros, temblando aún, en la más completa oscuridad, sin realmente creer que ya pasó.

Fuimos afortunados y la vida nos dio otra oportunidad. Otros no corrieron la misma suerte.

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